Comentaba en otro artículo que una de las mejores cosas que podemos hacer por nuestros hijos es enseñarlos a razonar desde pequeños. Y esto incluye el preguntarles sobre lo que vemos alrededor, la lógica simple de las cosas que nos rodean, el para qué sirve una máquina, o el porqué alguien actúa de cierta forma, pero también el proponerles pequeños desafíos lógico-matemáticos al alcance de sus posibilidades.
Comparto con ustedes unos ejemplos de los problemitas que planteé a mis hijos, hoy jóvenes y todos universitarios.
Esto lo hacía en las mañanas, mientras lavaba dientes, peinaba y boleaba zapatos a cinco chiquillos, en lugar de regañar y corretearlos con gruñidos, jugábamos a pensar. A veces les pedía a los tres mayores que se quedaran callados para proponer uno más sencillo a sus hermanos pequeños, y otros de estos (y parecidos, lo dejo a la imaginación de cada quien) para los tres grandes.
Ojalá a alguien le sirvan de algo:
Calculitos y experimentos
1) Sumando los dedos de tus dos manos y tus dos pies, ¿cuántos tienes en total? ¿Cuántos dedos tendrías si en cada mano y en cada pie tuvieras uno menos? ¿Cuántos tendrías si en cada mano y en cada pie tuvieras uno más?
2) Si tienes dos perros, dos gatos y dos ratones, ¿cuántos animales tienes?
Si cada gato se come un ratón, ¿cuántos animales quedan? Y si cada perro se come un gato, ¿cuántos animales tienes?
3) ¿Cuánto es 5 + 5? ¿Cuánto es 10 + 10?
¿Cuánto es 50 + 50? ¿Cuánto es 100 + 100?
¿Cuánto es 51 + 51? ¿Cuánto es 102 + 102?
¿Cuánto es 204 entre 4?
4) ¿Qué prefieres que te dé?: Dos bolsas con cinco chocolates cada una; tres bolsas con tres chocolates cada una; cuatro bolsas con dos chocolates cada una.
Los chocolates de todas las bolsas son del mismo tipo y de igual tamaño.
5) ¿Qué es más, una docena o una decena?
¿Qué es más, dos docenas o tres decenas?
6) ¿Cuántos dedos tienes en cada mano? ¿Cuántos tienes entre las dos manos?
¿Cuántos dedos tienes, contando las dos manos y los dos pies?
Si tuvieras tres manos y tres pies, ¿cuántos dedos tendrías en total?
7) ¿Dónde tienes más, cinco montones de cuatro o cuatro montones de cinco?
Tomar 20 frijoles y hacer la prueba sobre la mesa. Aprovechar para hablar de la conmutación de la multiplicación.
8) Si compras dos pastelillos de 4 pesos cada uno, y una paleta de 3 pesos, ¿te alcanza para pagar con una moneda de 10? ¿Cuánto te sobra, o cuánto te falta?
9) ¿Cuál nombre tiene más letras, el tuyo o el de tu amigo (Pedro)?
10) ¿Cuántas letras tienen tu nombre y tu apellido juntos? ¿Tienen más letras que el nombre y el apellido de tu amigo (Luis)?
11) Si te hacen cinco favores y das las gracias tres veces, ¿cuántas veces te faltó ser agradecido?
12) Si dos escaleras tienen en total la misma altura y llegan al mismo piso, pero una tiene 6 escalones y la otra tiene 4, ¿cómo son sus escalones?
¿Cuál escalera tiene los escalones más altos?
13) Tienes cinco dedos en cada mano, ¿cuántos dedos tienes? Si juntas tus manos y las de cuatro compañeros, ¿cuántos dedos hay en total?
Si llegan tres compañeros más, ¿cuántos dedos son? ¿Cuántos niños tienen que quedarse para que haya la mitad de esos dedos?
14) Tienes cinco dedos en cada mano, ¿cuántos dedos tienes? Si juntas tus manos y las de un compañero, ¿cuántos dedos hay en total?
Si cada uno dobla un dedo de cada mano, ¿cuántos dedos quedan estirados?
¿Y si doblan dos dedos de cada mano?
15) Cuenta de uno en uno hasta veinte, y luego de reversa, hasta cero.
16) Cuenta de dos en dos hasta veinte. Ahora, cuenta de dos en dos, de reversa, hasta cero.
17) Cuenta de tres en tres hasta quince. Ahora, cuenta de tres en tres, de reversa, hasta cero.
18) ¿Cuánto tienes si al doble de 12 le sumas 5?
19) ¿Cuánto te queda si al triple de 6 le restas 4?
20) ¿Qué pasa si multiplicas por 2 el doble de 4? ¿Es lo mismo que 4 veces 4?
21) Si a los años que tienes les sumas los años que tiene tu hermano (o tu amigo…), ¿cuántos tienen entre los dos? ¿Cuántos les faltan para tener los mismos que tu mamá? ¿Y que tu papá?
22) Si hay cuatro patas, puede ser un perro o dos pollos. Si hay seis patas, ¿puede ser que sean dos perros? ¿Un perro y un pollo? ¿Cuatro pollos?
23) Si hay diez patas, ¿pueden ser tres perros? ¿Dos perros y qué más? ¿Cuántos pollos?
24) Un ciempiés no tiene cien pies, realmente. Supongamos que tiene 50, ¿cuántas arañas se requieren para tener tantas patas como un ciempiés? ¿Sobran patas?, ¿cuántas sobran?
25) Si cada ciempiés tuviera 50 patas, ¿entre cuántos harían un verdadero “ciempiés”? ¿Cuántos de estos ciempiés de 50 patas necesitarías para tener un “milpiés”?
26) Si pones el número 55 en un espejo, ¿qué número ves? ¿Y si pones el 88 frente al espejo?
¿Qué pasa si pones de cabeza el número 9?
27) Si a un cuadrado le quitas un lado y unes los lados que te quedan, ¿qué figura te saldría?
Experimentos
1) Poner sobre la mesa dos vasos de diferente forma, uno más bajo y ancho, el otro alto y delgado. Con una taza cualquiera, o si se dispone de una taza medidora, experimentar a cuál de los dos les cabe más luego de haber preguntado al niño qué cree sólo con verlos.
2) Poner sobre la mesa tres tinas de agua; la de la izquierda un poco fría, la de la derecha un poco caliente; la del centro es al natural, como sale de la llave. Pedir al niño que introduzca cada mano en una de las tinas de la orilla, durante tres o cuatro minutos; luego, pasar al mismo tiempo ambas manos a la tina del centro, y preguntar: ¿cómo está, fría o caliente? Conversar sobre esto. Por qué se siente diferente con ambas manos.
martes, 9 de junio de 2015
martes, 10 de febrero de 2015
Enseña a tus hijos a razonar
Enseña a tus hijos a razonar
Dicen que los niños en la edad del porqué preguntan sólo en parte por verdadera curiosidad. Más bien lo que ellos buscan cuando preguntan por qué algo, o para qué, o de quién es, es interactuar con el adulto. Es como si dijeran: “Mamá, hazme caso”, o “Papá, aquí estoy, platica conmigo”.
Y claro, esa atención que piden hay que dársela.
Pero eso no quiere decir que tengamos que contestar a todas y cada una de sus preguntas, sin más ni más. Una idea muy original es aprovechar las preguntas de nuestros niños para enseñarles a pensar y a razonar, para acostumbrarlos a buscar por sí mismos las respuestas a sus interrogantes.
La sugerencia es que, cuando el niño pregunte “y por qué…”, “para qué…”, u otra cualquiera, en lugar de responder se le devuelva la pregunta: “Y por qué crees”, “Para qué crees que sirve…”, etcétera. Por supuesto que luego hay que poner atención a su respuesta, ya que sólo así el niño consigue su propósito y puede satisfacer su necesidad, que es captar la atención del adulto. Pero el adulto está consiguiendo un objetivo de la mayor importancia, y es hacer que el niño sea consciente de lo que pregunta, que observe lo que sucede. Es despertar, ahora sí, su curiosidad, y estimular su capacidad de razonar.
Con esta “técnica”, por llamarle de alguna manera, se acaban en primer lugar las hileras interminables de porqués, que son a veces tan desquiciantes. Pero lo más útil es lo dicho: formar el razonamiento de nuestros hijos. También nos permite convivir con ellos y conocer la forma como funciona su mente y cómo evolucionan sus pensamientos.
Y por añadidura, puesto que la lógica de los niños es tan diferente de la de los adultos, esta forma de convivir con ellos es algo que resulta, además, muy divertido y para papá y mamá es una forma gratificante de compartir el tiempo con sus hijos.
Deseo que estas sencillas ideas te resulten de utilidad.
Pero eso no quiere decir que tengamos que contestar a todas y cada una de sus preguntas, sin más ni más. Una idea muy original es aprovechar las preguntas de nuestros niños para enseñarles a pensar y a razonar, para acostumbrarlos a buscar por sí mismos las respuestas a sus interrogantes.
La sugerencia es que, cuando el niño pregunte “y por qué…”, “para qué…”, u otra cualquiera, en lugar de responder se le devuelva la pregunta: “Y por qué crees”, “Para qué crees que sirve…”, etcétera. Por supuesto que luego hay que poner atención a su respuesta, ya que sólo así el niño consigue su propósito y puede satisfacer su necesidad, que es captar la atención del adulto. Pero el adulto está consiguiendo un objetivo de la mayor importancia, y es hacer que el niño sea consciente de lo que pregunta, que observe lo que sucede. Es despertar, ahora sí, su curiosidad, y estimular su capacidad de razonar.
Con esta “técnica”, por llamarle de alguna manera, se acaban en primer lugar las hileras interminables de porqués, que son a veces tan desquiciantes. Pero lo más útil es lo dicho: formar el razonamiento de nuestros hijos. También nos permite convivir con ellos y conocer la forma como funciona su mente y cómo evolucionan sus pensamientos.
Y por añadidura, puesto que la lógica de los niños es tan diferente de la de los adultos, esta forma de convivir con ellos es algo que resulta, además, muy divertido y para papá y mamá es una forma gratificante de compartir el tiempo con sus hijos.
Deseo que estas sencillas ideas te resulten de utilidad.
martes, 20 de enero de 2015
La amabilidad es una cadena
¿Qué importancia tiene el
ser amables unos con otros? A veces, estamos tan ocupados o tan preocupados que
no tenemos tiempo, o más bien deberíamos decir que no podemos dedicar atención
a los pequeños detalles de amabilidad como son el saludo o el agradecer un
servicio. Vamos tan metidos en nuestros asuntos que ni miramos a los demás,
menos les hablamos y mucho menos les sonreímos. Ya ni se diga de estar
dispuestos a hacer un pequeño favor, como levantar algo que se cayó a quien va
junto a nosotros, ayudar a una señora a subir su pesada bolsa al camión o dejar
el asiento en el transporte público.
Y ello a pesar de la gran
satisfacción personal que dan a la persona que lleva a cabo esos pequeños
detalles, aparentemente sin importancia. Se dice que incluso es bueno para la
salud: el hacer un servicio o un favor a otra persona, conocida o no, ayuda a
generar buen humor en la persona que los hace, y ya es sabido que el buen humor
es uno de los mejores remedios para mantener la buena salud.
Pero además, la amabilidad
funciona como una cadena. No es sólo el momento en que hacemos algo por otra
persona y nosotros mismos nos sentimos bien al hacerlo, sino la disposición que
se genera en esa persona, a su vez, para ser amable con los demás. Pongo por
ejemplo el saludar al chofer del autobús urbano al subirnos y pagar nuestro
pasaje, el agradecer que nos haya hecho la parada; aunque pensemos que es su
trabajo, su obligación, podemos darle las gracias por hacerlo. El chofer quizá
iba de mal humor y la sonrisa o el detalle amable que tengamos con él será como
una oleada de alegría en su jornada; posiblemente no esté acostumbrado a saludar
a los pasajeros, pero si alguien se dirige a él con esa cortesía, al menos por
ese día, o por un rato quizá, salude o responda educadamente a los siguientes
que suban a su unidad.
Me refiero a tratar a las
personas no como cosas que están a nuestro servicio, no como robots que cumplen
con su trabajo les guste o no les guste, sino como personas que están, tal vez,
malhumoradas por alguna razón, o cansadas o estresadas, como individuos que
tienen problemas. Cierto que su mal humor o las dificultades por las que están
atravesando no son problema nuestro, pero también es más que cierto que podemos
ser un poco más humanos, tratar de ponernos un poco en el lugar de los demás y
hacer algo, que no nos cuesta mucho por cierto, para mejorar la vida de los
demás o, por lo menos, para hacerles más llevadero el día.
Y como lo digo en el
título, esto es una cadena. Si todos o la mayoría nos esforzáramos en ser
amables con los demás, el mundo, empezando al menos por el mundo cercano a
nosotros, sería diferente.
viernes, 9 de enero de 2015
La estrecha relación entre la lectura y el aprendizaje
Espero que
mis pacientes lectores me disculpen por empezar esta nota presumiendo; lo que
quiero no es ponerme como ejemplo, sino poner en relieve la situación de la que
deseo hablar. Cuando yo estaba en sexto de primaria solía estar en primer lugar
de mi grupo; en una ocasión se realizó un examen de lectura, exclusivamente de
lectura, en el que también obtuve el primer lugar. La directora de la escuela
comentó a todo el grupo la relación que había entre ambas cosas: la lectura y
el rendimiento escolar. Desde entonces me quedó el propósito, para cuando fuera
mayor y tuviera hijos, de formar en ellos el hábito de la lectura. Lo he
cumplido a conciencia: tengo cinco hijos, ya todos mayores, todos lectores y
todos, también, con carrera terminada; uno de ellos ya tiene una maestría y
otros dos la están cursando.
Ahora, a
lo que voy. Cuando un niño tiene la costumbre de leer y comprende lo que lee,
tiene asegurado el 90 por ciento o más de su calificación. Y no se trata sólo
de un número asignado en su boleta, sino que es una nota referida a un
verdadero aprendizaje. Esto es, si el niño no comprende lo que lee y sólo lo
memoriza o trata de memorizarlo no hay aprendizaje verdadero, sino
pseudo-aprendizaje: lo aprendido de esa manera lo olvidará, y no al cabo del tiempo,
no, sino apenas unos días después. Quizá apruebe el examen y con buena
calificación, pero no habrá aprendido casi nada, o nada. El resultado de
aprender sin comprender es que muchos alumnos llegan a los grados superiores de
primaria, y posteriormente a la secundaria y la preparatoria, con un enorme
vacío de conocimientos: apenas saben lo indispensable y a veces, ni eso.
La
relación entre ambas cosas, lectura y aprendizaje, se da de varias formas:
• La primera, la obvia, es la comprensión y asimilación de
los contenidos leídos cuando corresponden a las asignaturas de estudio, así
como el aumento de la cultura general cuando se leen otras materias, diversas
de las netamente escolares.
• Otra importante relación es la que se refiere al
desarrollo de un mayor vocabulario, así como la mejora de la ortografía y la
redacción y, con ello, de la capacidad
de expresarse.
• Una buena relación es la que se refiere a la autoestima
de los alumnos; el alumno que comprende lo que ha estudiado y es capaz de
expresarlo frente a su maestro y sus
compañeros, es un alumno seguro de sí mismo y deseoso de seguir aprendiendo. No
es lo mismo, cuando el maestro pregunta algo en clase, ser de los que saben y
levantan la mano, o ser de los que nunca pueden responder correctamente.
• Hay una relación que, en mi opinión, es la más valiosa, y
se genera por el trabajo mental de la comprensión lectora que ejercita las neuronas
y propicia el desenvolvimiento de la inteligencia misma.
No todo lo
escrito es útil, pero descartando la basura impresa, como son la mayoría de las
historietas, por ejemplo, y seleccionando cuidadosamente los contenidos de
acuerdo con los propios intereses, puede decirse que todo lo que una persona
lea le será útil en algún momento de su vida, ya sea en el ámbito académico o
en la vida diaria.
Suele culparse
a los docentes del grave atraso educativo que hay en México, pero me atrevo a
asegurar que la verdadera responsable es la ausencia del hábito de la lectura
en nuestros niños y también, por desgracia, en sus padres.
De la
misma manera, me atrevo a afirmar que esta carencia es la causante, en gran
medida, de la deserción escolar. Si los niños y los jóvenes no son capaces de
comprender lo que deben estudiar pierden el interés en ello y, a la larga,
prefieren abandonar la escuela.
jueves, 16 de octubre de 2014
El bullying no es un problema escolar
El bullying no es problema escolar
En la actualidad se ha puesto de moda hablar del bullying, incluso hay instancias para que las víctimas y sus padres pongan quejas y demandas y el bully o agresor, el abusivo, sea castigado. Las escuelas deben implementar medidas de vigilancia y, si en sus aulas o en sus patios se produce algún caso de abuso, deben ser capaces de hacerle frente y castigar al agresor.
Pero lo importante no es castigar el bullying: el castigo por lo general no resuelve la situación. Quizá para la víctima sí, pues en ciertos casos se ve libre del abusivo y recibe tratamiento psicológico si lo requiere, y también en muchas ocasiones se introduce, aunque por lógica es un poco por la fuerza, el tratamiento psicológico para el abusivo, reconociendo incluso que es quien más requiere ayuda de ese tipo, más que la víctima.
Sin embargo, no es el enfoque indicado para manejar este tipo de problemas. La solución no está ni en castigar ni en curar heridas, sino en evitar que estas heridas se produzcan. No es algo que sea sencillo, por supuesto, pero es no sólo la mejor solución, sino la única solución verdadera. El bullying es una situación que se ve principalmente en las escuelas, pero en realidad no es ahí donde se genera, sino en casa o, por lo menos, en el grupo familiar o vecinal. Se dice, con mucha razón, que los bullies son con frecuencia niños o adolescentes que viven en familias disfuncionales, o bien que son hijos de padres violentos y/o poco dedicados a su educación.
Muchas veces, yo añadiría, no es ni una cosa ni otra, sino falta de idea de los padres sobre cómo educar; por lo general, nadie nos enseña a ser padres. Y cuando el niño abusivo es castigado por su conducta, ya sea en la escuela o en su casa, puede ser que se logre un cambio de actitud, pero es más probable que se genere en su interior un sentimiento de rencor y deseo de venganza contra quienes lo castigan o, peor, contra el niño a quien había hecho víctima de su abuso y a quien culpa del castigo, por haberlo acusado. Y sigue siendo un bully, dirigiendo su atención a la misma víctima o a otras. Ahora bien, si no se le castiga y ya, sino que se le somete a una terapia para mejorar su comportamiento, es una solución un poco mejor, pero también hay varias posibilidades; una es que se logre el efecto deseado y el cambio de conducta sea verdadero y honesto, aunque suele ser probable que se sienta avergonzado y enojado por verse en esa situación y no cambie su manera de proceder. Atacar el problema cuando ya se generó es, de una u otra forma, querer “tapar el sol con un dedo”.
¿Qué es lo que hay que hacer, entonces? Lo importante es prevenir el bullying, y ello difícilmente se logra en las escuelas a menos que se recurra a la base, que se cuente con los padres de familia. Es a los padres de familia a quienes hay que dirigirse, pero, ¡ojo!, no sólo a los padres de familia de los bullies, eso seguiría estando en el plano de remediar lo que ya está mal.
Es necesario dirigirse a los padres de familia en general y hacerles ver la necesidad de formar a sus hijos en valores. En otro artículo (ver más abajo) he hablado del único modo efectivo de formar en valores: hacer al niño o al adolescente ponerse en lugar del otro, que imagine cómo se siente el otro cuando es agredido o lastimado, física o moralmente, y hacer que reflexione que nadie –y por supuesto no él– tiene derecho a ejercer esa agresión.
Para evitar el bullying se requiere formar en los niños un corazón sensible, hacerlos conscientes de las consecuencias que sus actos tienen, no para él mismo (insisto, no tiene sentido hablar de castigo) sino para los otros, y hacerle comprender, sin ningún género de dudas, que no tiene ningún derecho a producir efectos negativos en la vida de nadie. Y todo ello no cuando ya ha empezado, sino antes. Además, los padres de familia pueden –todos los padres de familia deberían– hacer que sus hijos observen a su alrededor: que miren a otros niños, que vean si hay algún niño al que nadie quiere, al que otros molestan, o el que es tan tímido que no se atreve a hablarle a nadie, para actuar en su favor y hacerse su amigo. Sólo se requiere hablar un poco con los hijos en ese sentido; son como cera en las manos de sus padres y se dejan modelar, pero a tiempo.
Quien esto escribe tiene un hijo al que más de una mamá quiso de verdad, pues fue el único amigo de sus hijos. La satisfacción de haber logrado eso para tres o cuatro niños en la vida de mi hijo, créanme, es enorme y el esfuerzo fue, en realidad, muy pequeño, pero consciente.
Papás, mamás, sólo pónganse en el caso de que fuera su hijo quien estuviera siempre solo, quien no tuviera un solo amigo y a quien todos los demás molestaran y se burlaran de él. Papás, mamás, con un poco de dedicación y conversación con sus hijos, ustedes pueden evitar mucho sufrimiento inocente. Las autoridades educativas y las escuelas deberían incluir este tema en una gran campaña contra el bullying, a través de juntas de padres de familia, y también aprovechando los medios masivos de comunicación.
En la actualidad se ha puesto de moda hablar del bullying, incluso hay instancias para que las víctimas y sus padres pongan quejas y demandas y el bully o agresor, el abusivo, sea castigado. Las escuelas deben implementar medidas de vigilancia y, si en sus aulas o en sus patios se produce algún caso de abuso, deben ser capaces de hacerle frente y castigar al agresor.
Pero lo importante no es castigar el bullying: el castigo por lo general no resuelve la situación. Quizá para la víctima sí, pues en ciertos casos se ve libre del abusivo y recibe tratamiento psicológico si lo requiere, y también en muchas ocasiones se introduce, aunque por lógica es un poco por la fuerza, el tratamiento psicológico para el abusivo, reconociendo incluso que es quien más requiere ayuda de ese tipo, más que la víctima.
Sin embargo, no es el enfoque indicado para manejar este tipo de problemas. La solución no está ni en castigar ni en curar heridas, sino en evitar que estas heridas se produzcan. No es algo que sea sencillo, por supuesto, pero es no sólo la mejor solución, sino la única solución verdadera. El bullying es una situación que se ve principalmente en las escuelas, pero en realidad no es ahí donde se genera, sino en casa o, por lo menos, en el grupo familiar o vecinal. Se dice, con mucha razón, que los bullies son con frecuencia niños o adolescentes que viven en familias disfuncionales, o bien que son hijos de padres violentos y/o poco dedicados a su educación.
Muchas veces, yo añadiría, no es ni una cosa ni otra, sino falta de idea de los padres sobre cómo educar; por lo general, nadie nos enseña a ser padres. Y cuando el niño abusivo es castigado por su conducta, ya sea en la escuela o en su casa, puede ser que se logre un cambio de actitud, pero es más probable que se genere en su interior un sentimiento de rencor y deseo de venganza contra quienes lo castigan o, peor, contra el niño a quien había hecho víctima de su abuso y a quien culpa del castigo, por haberlo acusado. Y sigue siendo un bully, dirigiendo su atención a la misma víctima o a otras. Ahora bien, si no se le castiga y ya, sino que se le somete a una terapia para mejorar su comportamiento, es una solución un poco mejor, pero también hay varias posibilidades; una es que se logre el efecto deseado y el cambio de conducta sea verdadero y honesto, aunque suele ser probable que se sienta avergonzado y enojado por verse en esa situación y no cambie su manera de proceder. Atacar el problema cuando ya se generó es, de una u otra forma, querer “tapar el sol con un dedo”.
¿Qué es lo que hay que hacer, entonces? Lo importante es prevenir el bullying, y ello difícilmente se logra en las escuelas a menos que se recurra a la base, que se cuente con los padres de familia. Es a los padres de familia a quienes hay que dirigirse, pero, ¡ojo!, no sólo a los padres de familia de los bullies, eso seguiría estando en el plano de remediar lo que ya está mal.
Es necesario dirigirse a los padres de familia en general y hacerles ver la necesidad de formar a sus hijos en valores. En otro artículo (ver más abajo) he hablado del único modo efectivo de formar en valores: hacer al niño o al adolescente ponerse en lugar del otro, que imagine cómo se siente el otro cuando es agredido o lastimado, física o moralmente, y hacer que reflexione que nadie –y por supuesto no él– tiene derecho a ejercer esa agresión.
Para evitar el bullying se requiere formar en los niños un corazón sensible, hacerlos conscientes de las consecuencias que sus actos tienen, no para él mismo (insisto, no tiene sentido hablar de castigo) sino para los otros, y hacerle comprender, sin ningún género de dudas, que no tiene ningún derecho a producir efectos negativos en la vida de nadie. Y todo ello no cuando ya ha empezado, sino antes. Además, los padres de familia pueden –todos los padres de familia deberían– hacer que sus hijos observen a su alrededor: que miren a otros niños, que vean si hay algún niño al que nadie quiere, al que otros molestan, o el que es tan tímido que no se atreve a hablarle a nadie, para actuar en su favor y hacerse su amigo. Sólo se requiere hablar un poco con los hijos en ese sentido; son como cera en las manos de sus padres y se dejan modelar, pero a tiempo.
Quien esto escribe tiene un hijo al que más de una mamá quiso de verdad, pues fue el único amigo de sus hijos. La satisfacción de haber logrado eso para tres o cuatro niños en la vida de mi hijo, créanme, es enorme y el esfuerzo fue, en realidad, muy pequeño, pero consciente.
Papás, mamás, sólo pónganse en el caso de que fuera su hijo quien estuviera siempre solo, quien no tuviera un solo amigo y a quien todos los demás molestaran y se burlaran de él. Papás, mamás, con un poco de dedicación y conversación con sus hijos, ustedes pueden evitar mucho sufrimiento inocente. Las autoridades educativas y las escuelas deberían incluir este tema en una gran campaña contra el bullying, a través de juntas de padres de familia, y también aprovechando los medios masivos de comunicación.
viernes, 19 de septiembre de 2014
VALORES: CÓMO Y POR QUÉ
El tema de la formación en valores está de moda desde hace muchos años. No es posible, hoy en día, hablar de educación sin mencionar los valores y decir que no basta enseñar conocimientos sin valores, que la educación intelectual por muy buena que sea no está completa si no hay también formación de los valores en el individuo.
Muchas veces se pierde un poco el sentido de la palabra “valores” debido a su amplitud. Se consideran valores la honestidad, el trabajo, el respeto, el amor al estudio, la limpieza, la gratitud, el cuidado del medio ambiente, entre muchísimos otros. La lista es muy amplia. Incluso, hay diversas palabras que parecen referirse al mismo valor, y entonces se explica que son sólo parecidos y que hay entre ellos matices muy sutiles que los diferencian. Tales son, por ejemplo, los buenos modales y la cortesía.
El porqué de los valores es un punto también más que tratado: es la falta de valores lo que ha llevado a la sociedad a vivir los más graves problemas que se están viviendo ahora.
Pero no debe perderse de vista, en medio de tanta palabrería, algo fundamental. No basta decir que hay que promover los valores, rescatar los valores que la sociedad ha perdido, y que ello es necesario en el trabajo por lograr una humanidad, valga la redundancia, más “humana”. Eso es sabido. Y los ejemplos concretos de lo que son los valores y de cómo se viven, también abundan.
Pero seguimos sin saber cómo educar en valores.
Una historia
En una ocasión, una maestra de quinto grado contaba a sus alumnos una historia para mostrarles un ejemplo de lo que es la honradez y lo que puede ocurrir a una persona que no es honrada. La historia en cuestión hablaba de un delincuente, un ladrón, que empezó robando pequeñas cosas cuando era muy pequeño: dulces, lápices, juguetitos, unas monedas. Más adelante tuvo oportunidad de robarse una calculadora, un celular, la quincena de la profesora que pudo sustraerle de su bolso. Al crecer más, en lugar de estudiar para seguir una profesión se dedicó a robar: robaba autos, objetos del interior de viviendas, y llegó el momento en que empezó a asaltar a mano armada. Un día, finalmente, fue detenido y condenado a muerte, y en lo que llegaba la hora de su ejecución, decía: “Si yo hubiera sabido que así iba a acabar, no habría robado nunca”.
La historia tiene dos puntos demasiado flojos: el primero es que en México no hay pena de muerte, y menos para ladrones, de modo que la historia está fuera de contexto; los niños de quinto que la escucharon a su maestra no la percibieron como algo cercano, como algo que les pudiera ocurrir a ellos.
El otro punto flojo de la historia se relaciona con lo que me interesa abordar en este texto: el temor al castigo no es un buen motivo para modelar nuestras acciones, y no es suficiente, en la mayoría de los casos, para dejar de cometer un delito. El verdadero motivo para dejar de cometer un delito está, precisamente, en lo que venimos tratando: tener interiorizado un valor o unos valores, en el caso de la historia narrada, el trabajo propio y el respeto por las pertenencias de los demás.
Del mismo modo, para que consiga formarse en los individuos la conciencia del cuidado del medio ambiente (el ahorro del agua, el no tirar basura en las calles, el respeto a los animales) no puede hacerse poniendo una sanción personal que se sufriría si no se actúa de cierta manera. Esa sanción ni siquiera sería aplicable, ya que no es posible ir detrás de todos los que infrinjan lo establecido para castigarlos.
Es necesario, es urgente, encontrar otra forma de enseñar valores, otras razones que motiven al individuo a asimilar los valores y vivir conforme a ellos.
Y es necesario, también, que esto se haga desde que los niños son pequeños. Por supuesto que se debe intentar hacer reflexionar al adulto, al joven universitario, al obrero, al padre de familia, a la vendedora del mercado, sobre la necesidad de vivir conforme a ciertos valores. Lamentablemente, ese intento no rendirá frutos en muchísimos casos. Los adultos ya están formados y los valores no son parte, en muchos de ellos, de esa formación.
Pero es urgente no dejar pasar las oportunidades de formar en valores a los niños de hoy, y es urgente encontrar las verdaderas razones, las buenas razones, que motiven a los niños a asimilar valores y vivir de acuerdo con ellos.
Cómo formar valores
La única forma válida de enseñar valores a los niños es hacerlos ponerse en el lugar de las demás personas. No hay otra forma que sea realmente efectiva.
Si se quiere enseñar a un niño a respetar a los animales, no es aceptable que se le diga: “No molestes al perro, porque te va a morder”. La consecuencia lógica es que a otros animales que no puedan dañarlo, como una lagartija, sí se les puede molestar y hasta torturar; y que al perro, cuando esté encerrado en una jaula o tras una reja, también se le puede molestar con un palo o con un pico. La razón para no molestar a un perro no es, pues, ésa, sino hacerlo reflexionar que el perro es un ser vivo, siente dolor y merece respeto.
Cuando se trata de explicarles que no tiren basura no hay peor argumento que decirles: “No tires basura porque te van a regañar”. Ojalá hubiera multa para quienes tiran basura, pero ni en ese caso sería el mejor argumento: “No tires basura porque te van a poner una multa”. Entonces, cuando nadie nos vea, sí podemos tirar basura sin ningún problema, no habrá regaño ni castigo. El único argumento eficaz es que no hay que tirar basura porque la ciudad es donde vivimos todos, y cada uno de nosotros tiene que poner de su parte –aun si los demás no lo hacen– para mantenerla limpia.
Para enseñar a un niño como el de la historia, y como los alumnos de quinto año de esa maestra, a no robar, la amenaza del castigo y de la cárcel, o la pena de muerte, no funcionan. Los delincuentes son delincuentes porque ven demasiado lejos la realidad de un castigo, sienten como si estuvieran por encima de eso y como si sólo a los tontos, y ellos no creen serlo, les pudiera suceder. El único argumento que sirve es decirles: “No debes tomar lo que pertenece a tus compañeros, porque sus papás trabajaron para comprárselos; así como tus papás trabajan duro para comprar lo tuyo y les molestaría mucho que te lo robaran”; o bien: “¿Qué sientes tú cuando alguien te quita tus cosas?, pues no debes hacer que otros se sientan así”.
El respeto por las personas diferentes, aquellas que padecen alguna deformidad física como cojera, enanismo, etc.; o muestran un comportamiento extraño, como los paralíticos cerebrales, sólo puede enseñarse desde esta perspectiva. ¿Qué consecuencias tiene para una persona el burlarse de otra? Para el burlón, por lo general, no tiene ninguna consecuencia, pero es obvio que es un comportamiento incorrecto. Para educar, es necesario hacer que el niño se ponga en el lugar de la otra persona: “¿Cómo crees que se siente cuando alguien se burla de él/ella? ¿Te gustaría estar en su lugar? ¿Te gustaría ser (ciego, cojo, etc.) y que se burlaran de ti por eso? No, ¿verdad? Entonces nunca lo hagas”.
Los problemas de disciplina en la escuela tendrían una mejor solución si los niños estuvieran acostumbrados a ponerse en el lugar de la otra persona, tanto de sus compañeros como de sus maestros: “¿Qué siente un maestro cuando está hablando a sus alumnos y ninguno le presta atención, todos están hablando y jugando entre ellos?”
Se trata de sensibilizar al niño
Es necesario que el niño y el adolescente sean capaces de ponerse en el lugar del otro, de imaginar lo que ese otro siente: del viejito encorvado que vende galletas y nadie le compra, del pájaro al que un grupo de niños traviesos le roban su nido, del hombre con una cicatriz en la cara de quien todo el mundo hace mofa, del vecino que tiene que reponer el cristal roto por una pelota cada ocho días, y no tiene dinero. Como puede verse, la formación en valores pasa, entonces, por la sensibilización del niño. No se trata de enseñar conceptos muy técnicos, pero fríos. Los valores humanos, los valores que nos lleven a formar una sociedad más humana y más justa, no pueden ser fríos.
Se han propuesto, desde diversas casas editoriales, textos muy útiles para formar los valores en los niños. Sería conveniente que cada maestro de primaria tuviera un libro así, o una serie de relatos para leer con sus alumnos frecuentemente, de ser posible, diariamente, y propiciar así una reflexión en torno a ciertos valores; a veces podría abordar un valor, a veces otro.
Pero más importante aún es que el maestro, y por supuesto también los padres de familia, partan de las vivencias y convivencias diarias para formar valores en sus alumnos y en sus hijos. Por muy útiles que sean los textos para educar en valores, siguen estando en el terreno de la ficción; y aunque las situaciones sean posibles, incluso reales, no lo son para el niño, para él siguen siendo un cuento. Es mejor, más efectivo, aprovechar cualquier oportunidad de las muchas que se viven diariamente, para explicar a los niños cuál es el comportamiento correcto y, lo más importante, por qué es el comportamiento correcto. Para ello es fundamental estar atento a no dejar pasar esas oportunidades de educar: no pensar que se educa sólo dentro del aula y a horas establecidas y fijas. Se puede educar en cualquier lugar y en cualquier parte; quizá la calle y el patio de la escuela sean mejores lugares que el salón de clases para la educación en valores.
Tampoco basta el ejemplo, si bien éste es indispensable: no podemos decir una cosa y hacer otra y pensar que el niño hará lo que se le dice. Pero no basta el ejemplo, muchas veces el niño no observa lo que el adulto hace, o lo observa pero no lo comprende, o lo observa pero no aprecia los motivos de esa forma de actuar. Es necesario educar con el ejemplo, pero también con la palabra.
Y, por último, se requiere constancia. No puede pensarse que con decir a un niño una vez que debe respetar al viejito que barre la calle es suficiente. Si el niño ve que su vecino, su amigo o cualquiera que pasa no respeta a una persona, se burla de ella y parece divertirse mucho haciéndolo, lo más probable es que se olvide de lo que se le dijo una vez. Es necesario insistir en la misma y en otras situaciones, poner muchos ejemplos, hablar mucho y hacer reflexionar mucho, para educar en valores.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Formar niños y jóvenes lectores
Dónde formar a los lectores
Por lo menos entre los maestros,
y entre un gran sector de la población en general, se reconoce ampliamente la
importancia de la lectura: formar estudiantes lectores es uno de los objetivos
prioritarios en la educación. No voy a tocar los porqués de dicha importancia,
pues en la misma medida en que se habla de ella, se mencionan sus razones, pero
baste decir que, entre los estudiantes, la importancia de la lectura es tal que
ésta hace la diferencia entre un buen y un mal estudiante. Cuando un niño tiene
costumbre de leer y comprender lo que lee, tiene asegurado el noventa por
ciento de su calificación, incluso más. Si los padres supieran qué tan cierta
es esta relación entre lectura y estudio pondrían, sin duda, un poco más de
empeño en que sus hijos adquirieran dicho hábito.
Sin embargo, siguen siendo una
gran mayoría las personas, de todas las edades, que carecen por completo del
hábito de la lectura y del interés por formarlo. A nivel familiar y social, es
muy difícil pensar que se va a formar este excelente hábito, a pesar de que
cuando los padres son lectores y se empeñan en formar hijos lectores es relativamente
sencillo para ellos: en casa hay muchas oportunidades de compartir y favorecer
la lectura en familia. Pero los adultos de hoy no leen porque sus padres no
leyeron, y los niños de hoy serán adultos mañana que no lean porque sus padres
no leen.
De manera que casi la única
opción que tenemos a la vista es formar a los adultos lectores de mañana en las
aulas escolares, y la falta del hábito de la lectura en las familias de
nuestros alumnos es un obstáculo para que lo logremos. Es un gran obstáculo,
pero no es insuperable.
Requerimos, para ello, que desde
las autoridades responsables de determinar los planes y programas de estudio
concedan un poco más de importancia a este aspecto, para que le destinen más
tiempo y más recursos. Es necesario que no tengamos que distraer la atención de
los alumnos de otras materias, sino que la lectura tenga su propio espacio en
los programas. En cuanto a los recursos, es indispensable aumentar el acervo de
las bibliotecas escolares y de aula.
El argumento de que podría
insistirse a los niños que vayan a la biblioteca en horas extraescolares topa
con el obstáculo mencionado arriba: para que lo hicieran con la frecuencia que
se requiere para formar el hábito, se necesitaría que en sus familias hubiera
la costumbre y el gusto por entrar a una biblioteca. Volvemos a llegar a la
conclusión de que los libros, por lo menos para las generaciones actuales,
deben estar en la escuela, y es aquí donde se tiene que formar a los lectores.
Con qué formar a los lectores
Ahora bien, asumiendo que, por lo
menos por el momento, tenemos que arreglárnoslas con lo que tenemos y que no se
nos va a aumentar el acervo de bibliotecas, los maestros no podemos quedarnos
cruzados de brazos y permitir que nuestros alumnos pasen por el salón de clases
durante todo el curso sin hacer nada al respecto.
La primera propuesta es sacarle
todo el provecho posible a los libros de texto gratuitos. En los libros de
español y de lecturas están incluidos muchos textos atractivos, tanto fragmentos
de los clásicos como algunas lecturas modernas, de las que los docentes podemos
echar mano para organizar actividades de lectura con nuestros alumnos, en el
salón o como actividad para casa. Es necesario conocer bien los libros de texto
para darles el mejor uso posible.
Pero, además, los maestros
tenemos la posibilidad de emplear otros recursos, económicos y muy variados,
para diversificar nuestras actividades de lectura. Existen en el mercado
diversos materiales, a precios igualmente diversos, de manera que es posible
conseguir libros muy útiles y no demasiado costosos; quizá sea mucho pedir que
cada familia compre un libro para nuestros alumnos, pero teniendo el maestro un
buen libro podrá encontrar forma de trabajar con él, ya sea mediante la lectura
grupal en voz alta, ya sea mediante el fotocopiado.
Además, los maestros hoy tenemos
una importantísima herramienta a nuestro alcance, y es la computadora. Aunque
todavía es un artículo de lujo para muchas familias, su costo se ha reducido
mucho en los últimos años y continúa reduciéndose cada vez más, y hay lugares
donde puede rentarse una computadora por horas, consultar internet e imprimir
los textos que uno desee. En internet puede encontrarse también una amplia
variedad de textos escritos para los alumnos de cualquier nivel.
Por último, si el maestro es lo
suficientemente creativo, puede impulsar entre sus alumnos la lectura de sus
propios textos: escribir para ellos y motivarlos a que ellos mismos escriban. Con
este recurso no sólo se impulsa la lectura, sino también se desarrolla la
habilidad de producir sus propios textos y, con ella, la posibilidad de mejorar
la capacidad de expresión, la ortografía y la redacción.
Las diversas estrategias de que
puede valerse un maestro en el salón de clases para formar en sus alumnos el
hábito y el gusto por la lectura, dependen fundamentalmente de la edad de sus
alumnos. Esto estaría matizado, hasta cierto punto, por el nivel sociocultural
de las familias, ya que no tiene la misma madurez intelectual un niño de un
medio rural o de un medio popular que un niño hijo de profesionales, aun si
éstos no han cuidado de formar en él el hábito de leer. Sin embargo, en
términos generales podemos referirnos simplemente a la mayor o menor edad de
los estudiantes.
Menciono esto porque es un factor
que el docente debe tomar en cuenta al momento de elegir un texto para leer con
sus alumnos; si el nivel es preescolar o los primeros grados de primaria, el
maestro tendrá que elegir cuentos infantiles, los cuales serán totalmente
inadecuados para que un maestro de sexto año o de secundaria trabaje con sus
alumnos.
Qué aspectos formar en los lectores
Ahora bien, hoy nadie pone en
duda que enseñar a leer es mucho más que dar a conocer las letras y los sonidos
que ellas representan; enseñar a leer es hacer que los alumnos vean la lectura
como una aventura, como una actividad recreativa y no como una obligación.
Se dice que muchas personas
siguen siendo analfabetas a pesar de conocer bien las letras y los signos y
poder decir “qué dice” una palabra escrita. Siguen siendo analfabetas todos
aquellos que pueden seguir y pronunciar lo escrito, pero no comprenden su
significado ni se penetran de él. Leer no es pasar los ojos sobre los
caracteres y reconocerlos, unirlos más o menos correctamente para formar
palabras y aun oraciones, sino poder reproducir mentalmente la idea que un
texto escrito expresa y, por consiguiente, ser capaces de explicar dicha idea.
Y hacerlo no sólo para un enunciado o un párrafo sencillo, sino aun para un
texto largo, un artículo periodístico, un folleto informativo o un libro
completo. Para disfrutar un texto, cualquiera que éste sea, es necesario tener
un nivel suficiente de comprensión del mismo.
Por lo tanto, aquí tenemos ya dos
ideas principalísimas a tomar en cuenta al momento de alfabetizar: inculcar el
gusto por la lectura y buscar actividades que favorezcan la comprensión lectora.
Cómo formar a los primeros lectores
Aunque enseñar a conocer las
letras no sea lo único que hay que hacer para enseñar a leer, es sin duda lo
primero, y por lo general suele hacerse en preescolar o en los primeros grados
de primaria.
El docente que trabaja en estos
niveles tiene numerosas opciones para hacer que sus alumnos empiecen a conocer
las letras de una manera divertida. Este primer acercamiento a las letras es
fundamental para desarrollar, en el niño, la idea de que la lectura es una
actividad placentera. Para ello, el maestro de niños pequeños puede organizar
actividades de jugar a conocer sus propios nombres escritos, los nombres de sus
compañeros, de sus padres, sus mascotas, los nombres de los personajes de los
cuentos que les gustan.
En estas edades, es necesario que
los niños aprecien la lectura también como una actividad útil, y para ello se
aconseja que empiecen a leer, y a escribir, pequeños textos que tengan una
finalidad inmediata, tales como notas a sus padres, recetas de cocina sencillas
y breves de alimentos que pueden prepararse y comerse en el mismo salón, son
sólo algunas ideas.
El docente puede leer un cuento a
los niños y luego mostrar el texto escrito, enseñarles el nombre del personaje
principal y que ellos lo busquen después en las páginas siguientes; pueden
buscar, entre los nombres de los mismos niños, cuáles empiezan con la misma
letra que el nombre del personaje.
Y, quizá lo más importante, el
docente tiene que encontrar momentos durante el día para leer cuentos a sus alumnos,
y lo tiene que hacer frecuentemente, de ser posible, diariamente. Puede jugar a
leer el mismo cuento varios días seguidos, cambiando algunos detalles que los
niños deberán detectar; puede leer cuentos y pedir que los niños dibujen algo
sobre ellos. Puede dramatizar o permitir que ellos dramaticen las historias que
les lee. En fin, la lista de actividades referentes a la lectura con los niños
más pequeños es casi interminable. Sólo se requiere proponérselo.
Cómo formar lectores más adelante
Con niños un poco mayores y con
adolescentes, asumimos que conocen ya las letras y “saben leer”, por lo menos
en cuanto a reconocer las grafías y saber “lo que dice” un texto escrito. Las
actividades de lectura en estos niveles son distintas a las anteriores, pero la
lista también es enorme.
El docente puede organizar
actividades consistentes en invertir los textos, en transformar a los
personajes, combinar varias historias, construir historias nuevas a partir de
una frase, un dibujo o una fotografía, son algunas de ellas. Puede hacer que
los alumnos lean historias de las que se ha hecho película y luego comparen lo
escrito con lo visto en pantalla. Es útil hablar en el salón de los autores de
algunos textos leídos en clase, desarrollando así habilidades de investigación
y propiciando el interés de los alumnos por leer otras obras de los mismos
autores.
Ahora bien, en estos niveles
cobra importancia el mostrar a los alumnos, también, el interés de otros textos
diversos de lo narrativo: el docente podrá, por ejemplo, buscar artículos
interesantes en las secciones noticiosas y científicas de periódicos y
revistas; es importante que el docente se ubique en la edad e intereses de sus
alumnos y les proponga textos apenas por encima de ese nivel, exigiéndoles un
poco de esfuerzo pero sin salirse de su alcance.
Y, también, sería útil destinar
un momento del día, por lo menos algunos días de la semana, a la lectura en
grupo de textos narrativos. Aquí puede permitirse, y aun pedirse, que los
propios alumnos sugieran las historias que quieran leer.
Conclusión
A quienes tienen el hábito de
leer la lectura les proporciona, entre otras cosas, la posibilidad de cultivar
su mente y desarrollar habilidades intelectuales que les permitan realizar otro
tipo de estudios y mejorar su calidad de vida; además de momentos de
esparcimiento inigualables, la capacidad de conocer y usar un vocabulario más
amplio y adecuado a cada circunstancia y, casi como de regalo, un mejor dominio
de la gramática y la ortografía.
Por estas razones, los docentes no
podemos permitirnos dejar de dedicarle un tiempo y un esfuerzo sustancial. No
podemos decir que cumplimos con la tarea de educar mientras no logremos formar,
en nuestras aulas, alumnos lectores.
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